La violencia simbólica detrás de los filtros de Instagram

Autora
Dolores Ganuza
Foto
Ary Gutierrez

Esos que lograron disfrazar hasta nuestra faceta más superficial.

Las distopías siempre me llamaron la atención. Una realidad cercana atravesada por tecnologías acaparadoras de todo, un estilo Black Mirror pero, en este caso, anclado a nuestro “chupete digital”, el celular. Tengo la sensación de que esa realidad exagerada, materializada en series y películas distópicas, está inmersa en nuestra cotidianeidad, y particularmente, en nuestra percepción de belleza.

¿Soy extremista si pienso que los filtros de Instagram están diagramando un prototipo de rostro femenino ideal? Dejamos de ver rostros naturales a través de las pantallas. Ahora todes tenemos pestañas kilométricas, labios pulposos y brillantes, nuestras cejas parecen que están tensadas por dos hilitos invisibles. La mirada se asemeja más a la de un felino que a la de un ser humano; el famoso “cat-eye”. Y ni hablar de la piel pulcra y la nariz extra fina, nunca antes nos habíamos sentido tan comodes sacandonos fotos de perfil. Esta nueva “cyber-imagen” significa más que una simple selfie. Impacta en el autoestima de las personas y lleva a que adolescentes y jóvenes se retoquen (o diagramen a gusto y piacere) su rostro a una temprana edad comparado con otros tiempos.

Cuesta diferenciar lo fake de lo real, la línea es ínfima, difusa. No se sabe qué es del todo cierto y qué no lo es tanto. Captamos en nuestra mente imágenes y rostros con filtros como si eso fuera lo real. Todes sabemos que preferimos una selfie con filtro porque nos distancia de la mera condición de humanos. Porque, ¿qué mejor que parecer un robot pulcro y estirado antes que parecerse a una persona de carne y hueso? Pero, después de estos meses encerrades y encuarentenades, trabajando y distrayéndonos, conectándonos con otres y hasta cogiendo a través de pantallas ¿vale la pena preguntarse qué es real y qué no lo es? La nueva normalidad hizo que lo que pasa en el plano terrenal y lo que pasa a través de las pantallas se bifurque. ¿Para qué cuestionarlo, no? Si ahora “lo real”, es lo virtual. Los problemas mentales que acarrea esta cuestión son sólo consecuencias secundarias y problemas del futuro.

Reitero, las distopías me dan escalofríos.
Hace unos días una amiga me contó que un chico, un conocido de su hermano, tuvo un ataque de epilepsia y cuando se recuperó y tomó conciencia, había perdido la memoria por completo. De tal magnitud fue la pérdida que al año de cursada de facultad lo tuvo que dar de baja. Y, como si fuese poco, además de años de estudio y algunos detalles extra, se había olvidado lo que significaba un celular. No entendía para qué servía. Dedujo que como las personas vivían con los celulares en la mano, éstos eran una especie de respiradores, maquinitas chiquitas indispensables para la vida humana y que sin estos dejaríamos de respirar, o algo así.
No estaba tan lejos de la realidad este recién nacido de 22 años. Es cierto que los celulares son una extensión fundamental de nuestra mano derecha, y volviendo al caso, lo que captamos en ellos se convirtió en un reflejo de lo que creemos y sentimos.

Este bombardeo de imágenes que impactan en nosotres en el día a día tienen un efecto en nuestra forma de percibir la realidad.

La periodista Jia Tolentino escribió una nota en The New Yorker en la cual narra cómo en distintos centros estéticos de Beverly Hills usan FaceTune y filtros de Instagram para facilitar la “reconstrucción” de rostros y facciones. Uno de los médicos entrevistados describe sin tapujos esta cyber-imagen a la que muches adolescentes y jóvenes anhelan llegar; “Estamos hablando de un tono de piel bronceado, con una influencia del Sur de Asia en las cejas y la forma de los ojos, una tendencia Afro-americana en los labios, una nariz de estilo caucásica y una estructura de las mejillas predominantemente nativo-americana y del Medio Oriente”. Exactamente el estilo de filtro que la mayoría usamos y elegimos de manera inocente. El mismo médico plástico concluye la entrevista diciendo que gracias a las redes sociales y a que el mundo es cada vez más visual, “la gente se ve más linda en términos generales”. Por otro lado, el cirujano plástico Jason Diamond, famoso por sus miles de seguidores en Instagram y por su cartera de clientes (Kim Kardashian, Lala Kent, Megan Fox), menciona en esta misma nota que el 30% de sus pacientes llevan a su consultorio una foto de Kim Kardashian, o de alguien similar y dice que es “el rostro más solicitado”. Además sostiene que, a diferencia de Estados Unidos, en Dubai el 90% de sus pacientes quieren exactamente el rostro de Kim. Tranqui, en EE.UU sólo el 30 %.

Los ideales de belleza femenina solían ser difundidos, y, en consecuencia, legitimados por los medios de comunicación y por la publicidad tradicional. Pero, en este mar de información e imágenes en el que vivimos inmerses, las redes sociales y precisamente Instagram, crearon una nueva forma de autosuperación visual continua en donde se unifican las pieles y las identidades.

Este bombardeo de imágenes que impactan en nosotres en el día a día tienen un efecto en nuestra forma de percibir la realidad. Siegfried Kracauer decía que los rasgos de los que la memoria se acuerda están relacionados con lo que se conoce como verdadero y, que, por lo tanto, puede ser manifestado o excluido por las personas. Estas imágenes que quedan plasmadas en nuestra mente son las que moldean nuestro mundo y, en consecuencia, nuestra percepción de belleza. Lo distinto, lo exótico, lo raro, lo que está por fuera de ese “felino humano” queda marginado y excluido, a pesar de lo deconstruides que nos sentimos y que sobre todo nos manifestamos. Los filtros ocultan nuestro lado humano, y no hablo del lado humano en un sentido profundo y sensible, sino que lograron disfrazar hasta nuestra faceta más superficial.

Militamos la aceptación de los cuerpos pero no militamos por nuestra propia aceptación. Hablando desde un lugar de privilegio y como una consumidora serial de filtros. Hipocresía, contradicciones, etc, etc, pero en fin, es algo que últimamente me moviliza y me lo pregunto. Todes y, no queda nadie exento, se salva de algún filtro para tapar su cara de dormidx o un grantio perdido en el mentón. Evidencia científica demuestra los efectos adversos de estas cyber-máscaras sobre la imagen corporal, en su mayoría en adolescentes y adultes jóvenes: generan una insatisfacción generalizada del cuerpo, nosotres como usuaries interiorizamos los ideales de belleza y como consecuencia nos provocan desde dismorfia corporal, ansiedad hasta depresión, insomnio y un constante malestar con nosotres mismes. Y acá es cuando te planteas, ¿cómo una selfie puede provocar esto en un ser humano? Lo que sucede es que las RRSS están diseñadas de manera consciente, por ingenieros, hackers, psicólogos, para especular y hacer algunos dólares con nuestro tiempo, atención y vulnerabilidad psicológica. Se les escapa que la depresión y la ansiedad son simples efectos colaterales en pos de sus intereses.

Instagram, el catálogo en donde una pasarela de identidades adulteradas puja por esconder nuestras “imperfecciones” con máscaras decoradas de florcitas y mariposas.
Claro está que no soy solo yo quien tiene una perspectiva un poco apocalíptica de las redes sociales, las cabezas arrepentidas de Sillicon Valley ya nos lo vienen advirtiendo hace algunos años. Las causas principales de esta mea culpa generalizada son por el alto nivel de adicción que provocan y por la difusión de las fake news a una escala global.

La violencia simbólica se palpa en cosas tan mínimas como lo es una selfie, una foto, un posteo. Una reacción y una no reacción. El auge de estos filtros penetra directamente en nuestro sentido común. Es algo inocente y simpático en un primer momento, pero ¿cuánta carga simbólica tienen estos filtros?. Ya no basta con condicionarnos y hasta manipularnos con lo que leemos, sino también con cómo nos vemos.

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