Vida a bordo

Johanna Rambla

Trabajé de fotógrafa en cruceros durante los años 2015 y 2016. Aunque estuve en diferentes barcos, la mayoría del tiempo me tocó en Asia.
El universo de los cruceros es, a mi parecer, extremadamente peculiar y sobretodo desde el punto de vista de una tripulante, como lo fui yo. Si tuviera que resumirlo en una sola palabra, sería sin dudas KITSCH.
Empezando por la decoración de alfombras con estampados multicolor sin sentido, sumado a la combinación de barandas doradas, mucho todo por todos lados. Los pasajeros se adaptan cómodos a esta propuesta del lujo excesivo que termina siendo grotesco y hasta naif. Comer sin parar solo porque la comida está incluida; dedos, muñecas y cuellos repletos de joyas, ropas de gala para “la noche del capitán”. El Capitán mismo como una figura famosa a la que se admira y se hace fila para saludar. Infinitas selfies con pashminas al viento que en instantes van a ser ostentadas en redes sociales.
Todas estas imágenes vuelven a mi mente como una sensación general de color y movimiento constante que resumen mi experiencia. Para mi oficio de fotógrafa fueron un placer exquisito del que jamás me harté. Las personas se transformaban permanentemente en personajes que yo disfrutaba de mirar. En mi trabajo particularmente había poses preestablecidas que había que respetar y rozaban el limite entre lo horrendo y lo simpático. Brazos en jarra, sonrisas acartonadas, parejas mirándose a los ojos de manera forzada y fondos de estudio temáticos (mi favorito uno que simulaba las escaleras de madera del Titanic). Es que sí, las personas vacacionaban en un crucero y se sacaban fotos con un fondo del Titanic.

¿Cómo resumir en un párrafo una experiencia tan rica y compleja? Siento que no saqué las fotos necesarias para expresar lo que sentí. Es que trabajaba más de 10 horas diarias sin días libres. Lo que me queda como registro es lo que me tocaba fotografiar en el trabajo y alguna que otra imagen que no pude dejar pasar.

Johanna Rambla
Buenos Aires

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