Tiene que haber un mundo mejor

Autora
Caterina Calcagno
Foto
Dana Crosa

Nací muy entrados los años noventa, aquella época dorada del trash donde casi todas las expresiones artísticas llamaban a una rebeldía que, si bien les jóvenes ya habían experimentado en los setenta, fueron tomadas, reivindicadas y llevadas al límite recién en esos años. De todas las modalidades me convoca y me conmueve más que ninguna otra la literatura, ante todo, porque es la forma que encuentro más directa para mirar el mundo según otros puntos de vista y a su vez porque tiene ese poder de subjetivación que, aunque limitado, tiende al infinito. En los noventa se generó una forma de narrar todo lo que pasaba -que por otro lado, era tantísimo- con recursos extremos: narrativamente muy despojados, conceptualmente muy pragmáticos o con tramas exclusivamente dramáticas y extremistas para abordar las grandes temáticas entre las que estaba como novedad, claro, el mundo gay. Aquel mundo gay que era bastante diferente al que conocemos hoy, principalmente, porque a la generación que fue joven en los noventa le tocó abrir un camino, empezar a desterrar un prejuicio que estaba muy instalado en una sociedad conservadora porque no fue -justamente- hasta 1990 (!!!!) que la OMS erradicó a la homesexualidad de la lista de enfermedades, un hito que significó el cambio de un paradigma que les daba la posibilidad de recuperar ese pedazo de dignidad tan vapuleada que les correspondía. Aunque veníamos conceptualmente de años de liberación sexual, en los noventa todo eso se llevó a un terreno de materialización que después hizo el camino inverso para plasmarse en los libros.

Es, por otro lado, verdaderamente muy complejo citar obras fundacionales. De hecho, por su naturaleza experimental, creo que es muy difícil dar con la verdaderamente inaugural ¿hay una acaso? Si nos hacemos eco de que brevemente se puede definir a la literatura como el arte de la expresión escrita o hablada, la respuesta es no, no hay registro. Es imposible. Deberíamos haber monitoreado cientos de encuentros de amigues en los que se debatió, encuentros de escritores y editores, etc. Lo que sí podemos hacer, y esto sí es algo que me gusta mucho, es iconizar, sublevar obras que cambiaron tal o cual época, tal o cual paradigma, aunque no sea la primera, ni tampoco la última, ni la más. En ese sentido Un año sin amor (1998) de Pablo Pérez es una obra fundacional. Los grandes avances para la posible y eventual cura del HIV es un tema central en la novela, que tiene un formato epistolar bastante psicodélico y narra la supuesta agonía del protagonista y su reticencia a los avances científicos, la transición del sida como enfermedad terminal y el sida que conocemos hoy, como enfermedad; una transición que coincide con el cambio de milenio y la tumultuosa realidad del país por entonces. El límite acá lo vemos en su descontrol frente a la adversidad, el sadomasoquismo, el porno, los encuentros poco cuidados y los vínculos familiares tan complejos en una época en que las redes sociales no existían y “la trampa” casi siempre incluía gambetear a la familia con mentiras. Mariano Blatt, en el texto de presentación de la reedición de la obra de Pérez que hizo Blatt&Ríos en 2012, caratula a la novela como testimonial, pero más que un testimonio personal le atribuye ese testimonio a todos los putos porteños de la década del noventa y pone a esos años como el “antes de ayer” del mundo gay, creando así un calendario paralelo para elles que hace pensar en la marginalidad en la que vivían; en esa línea, su “ayer” es la época pre derechos civiles igualitarios y su “antes de ayer”, pre derechos civiles y pre internet.

Mi esfuerzo por hablar desde los noventa no es caprichoso, la razón tampoco es de gran enigma ya que sería muy difícil abordar la literatura que se sale de la heteronorma en Argentina previo a la última década del siglo XX

Creo que la literatura es un hábitat fundamental para gestar cambios: hace manifiestos, funciona como panfleto y crea vanguardia que más tarde o más temprano vemos reflejada en la sociedad. Pablo Pérez queda a cargo de mostrarnos entonces, a nosotres les veinteañeres, todo ese mundo altamente urbano y demoledor que, como si fuera poco, habilita una nueva forma de concebir a la literatura, más despojada y pragmática a lo que refiere.

Así como en 1990 fue un hito la descriminalización de la homosexualidad por parte de la OMS, nos tocó -afortunades- ver el hito del siglo XXI en Latinoamérica: la ampliación de derechos en 2010, cuando Cristina mandó al Congreso la Ley de Matrimonio Igualitario, “el matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos, con independencia de que los contrayentes sean del mismo o de diferente sexo” dice el artículo 2; el 15 de julio de 2010 Argentina fue un lugar con un poco más de justicia.

Mi esfuerzo por hablar desde los noventa no es caprichoso, la razón tampoco es de gran enigma ya que sería muy difícil abordar la literatura que se sale de la heteronorma en Argentina previo a la última década del siglo XX, los hechos sociales y políticos en décadas previas, con gobiernos de facto en el medio y libertad de expresión nula, impedían la circulación de este tipo de obras catalogadas como “subversivas”. Por supuesto que hay referentes previos, de hecho uno de los más citados, sino el más, es Manuel Puig con su novela El beso de la mujer araña, terminada y publicada desde su exilio en 1976 y prohibida en el país en ese mismo momento. Acá volvemos al inicio, posiblemente se haya leído de forma clandestina o no, no lo sé, pero si fue prohibida es porque estuvo en boca de y posiblemente fuera disparadora de múltiples charlas, entonces es precursora y disruptiva.

Ahora pienso en cómo van a ser leídas las obras gestadas estos últimos diez o veinte años en los próximos diez o veinte años, en las generaciones que, como a nosotres nos cuesta entender cómo la homesexualidad era considerada una enfermedad hasta 1990, calculo, a elles les va a costar entender cómo carajo las personas del mismo sexo no se podían casar, bajo qué pretexto se les negaba ese derecho. La democratización de las publicaciones -blogs, revistas, más editoriales- prometen la seguridad de que referentes que lo relaten no van a faltar; mientras nosotres quedamos a la espera de quién será le elegide, nos regocijamos con haber vivido el fallo histórico.

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