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Retratos por Zoom

Autora
Florencia Rocha
Fotos
Johanna Rambla

Johanna se prepara desde su casa mientras yo me propongo hacer lo mismo desde la mía. Como quien espera una visita ordeno el departamento, hago la cama, pongo las cosas en su lugar. Nuestro encuentro es bastante particular, Johanna no me conoce, yo a ella tampoco, ni vamos a conocernos personalmente. Arreglamos nuestra cita por DM de Instagram, ella es fotógrafa y desde hace unos meses empezó a hacer retratos por Zoom.

La recibo en mi departamento desde mi celular. Nos presentamos virtualmente, le cuento lo que hago, a qué me dedico, termino hablando de mis amigues, de mis vínculos, de historias de familia, un breve resumen a modo de autobiografía, el que suelo repetir en voz alta cada vez que conozco a alguien. En pocos minutos, juntas entre tejemos cierta especie de complicidad. La soltura con la que nos manejamos frente a extrañes siempre me dió intriga. Parece bastante sencillo hablar de nosotres mismes con alguien que no nos conoce lo suficiente como para juzgarnos.
Le muestro a través de la cámara de mi celular los espacios donde me gustaría ser retratada, recorremos los pocos metros cuadrados del departamento mientras ella me habla de cuestiones un poco más técnicas con respecto a la incidencia de la luz. Elegimos el lugar y paso a acomodarla sobre mi cama arriba de una pila de libros que saqué de la biblioteca y que esta vez cumple su función de trípode precario.

El retrato media entre un antes y un después de un momento en el que ya no somos les mismes.

Antes de empezar me adelanté y le advertí, ‘No soy fotogénica’, como cuando te cantan en tu cumpleaños y vos no sabes muy bien qué hacer o dónde poner las manos mientras el resto aplaude, ‘prefiero que me guíen’. Así que al pie de la letra, por casi una hora, seguí todas las instrucciones que me daba. Tampoco me gusta estar quieta, por eso me cuesta hacerle frente a mi propio retrato como imagen, porque me reconozco más yo en las acciones, estando en movimiento. Cuando le conté que había empezado danza en la cuarentena me pidió que bailara o que al menos lo simulara. ‘Más lento’, ‘la mano izquierda un poco más abajo’, ‘gira ¾ inclinando el mentón’, ‘mirame’. En el medio de todo esto, me fue inevitable pensar en uno de esos miedos constantes, cuasi leyenda urbana de nuestra generación que nació junto con Internet: el de ser espiades y registrades a través de nuestras cámaras webs por algune extrañe. Había otra persona ahí compartiendo una parte de mi intimidad, rodeada de todo o lo poco que me pertenece, sacándome una foto sin yo poder ver el resultado inmediato.

Después de diez días me llegó un mail con el resultado de nuestro encuentro virtual. Creía que el retrato iba a ser tal cual como mirarse al espejo: hacerme frente, verme sola. Sin embargo, me encuentro en las imágenes, y pienso en la fotografía como intercambio. En el retrato siempre hay un mínimo de dos personas. Estoy yo, pero también está ahí Johanna. Más allá de la fotografía como registro, la prueba de que ese intercambio entre le fotógrafe y la persona retratada existió. ‘Yo soy como me estás viendo’ escribía John Berger en “Para entender la fotografía a propósito de la obra del fotógrafo Paul Strand”. Nuestro intercambio con Johanna también trata precisamente de verse a través de une otre. Los retratos nos cuentan de otro modo, nos describen como nosotres jamás podríamos habernos descrito (ni siquiera en nuestra mejor autobiografía). Como testimonio de un instante, las imágenes propias también son un hiato, un corte sobre la misma línea. El retrato media entre un antes y un después de un momento en el que ya no somos les mismes. Se opone al paso del tiempo y, simultáneamente, considerados en serie, los retratos son prueba de que el tiempo existe.

Al principio de la videollamada Johanna me preguntó por qué quería ser retratada. No supe bien qué contestar. Tal vez el retrato se parezca, aunque sea en un sentido, a mirarse al espejo: tratar de descifrarnos ahí, en el reflejo. Hacer a un lado los complejos que supieron imponernos y que todavía nos imponemos, entender nuestra propia imagen y aún más difícil, que nos guste lo que vemos. ¿Por qué buscamos retratarnos? Quizás porque en el retrato nos leemos mejor o porque todo el tiempo nos estamos buscando de algún modo y quien nos retrata, también nos revela.

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