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Literatura(s) trans en Argentina

Autora
Caterina Calcagno
Foto
Retratos Profesionales

Algo que noto cuando intento situar el inicio de mi relación con el mundo trans-escrito, es que no hace falta que me vaya demasiado atrás en el tiempo ni que tenga que revolver mi biblioteca hasta darla vuelta para dar con los ejemplares iniciáticos. Por supuesto que este acontecimiento no es hecho aislado y que la literatura está íntimamente relacionada con el fenómeno social que pone en crisis los clásicos modelos patriarcales y heteronormados, así como también sus reclamos por los derechos básicos de la comunidad trans, como el cupo laboral, la salud sexual y reproductiva, la incorporación de la educación sexual integral en las escuelas; todas cuestiones referidas a condiciones de vida desigualitarias que deben ser revisadas y transformadas. 

El arribo de la trans-escritura a las grandes editoriales necesitó de un proceso previo y largo que tuvo que ver con, primero, la llegada a los blogs literarios -que tuvieron su auge a mediados de la primera década de los dos mil- como “La novia de Sandro” que años más tarde se convertiría en el primer y único poemario de su autora, Camila Sosa Villada; el paso por un circuito under, editoriales pequeñas que impusieron en sus catálogos este tipo de escritos y lograron cautivar a les lectores. Después de todo ese proceso, llegan las grandes editoriales como Penguin Random House o TusQuets, sellos que se rigen por la oleada, “la que ven venir”. Lejos de actuar como generadores del movimiento, son muy funcionales a la distribución: tienen una llegada amplia y poco discutida.

La Villada grita verdad en una prosa verídicamente trava y desde ahí exige a toda persona ajena a nuestra comunidad una hermenéutica nueva. (…)

Un ejemplo claro de ese camino hacia la masividad es “La Virgen Cabeza”, la primera novela de Gabriela Cabezón Cámara. Fue editada en 2009 por Eterna Cadencia y reeditada por Literatura Random House en 2019 por su aniversario número diez, el que permitió la recirculación, esta vez con un público un poco más preparado para leerla, más instruido y con menos prejuicios. En una década en que la sociedad estuvo particularmente atravesada por movimientos sociales que encabezan el colectivo LGBT+ y las asociaciones feministas, la literatura se ve interpelada y aparecen nuevas lecturas, escritorxs con un contenido que innova, no porque antes no existieran esas problemáticas sino, justamente, porque ahora se decide no invisibilizar. Si incomoda, que incomode, pero que exista y esté, que funcione como manifiesto y sea parte del goce. Once años atrás cuando “La Virgen Cabeza” vio la luz por primera vez, yo tenía trece años y empezaba a leer el realismo mágico latinoamericano: Cortázar y García Márquez; también el mundo de realidades distópicas que ofrecen Bradbury o Huxley, un mundo literario bastante alejado del que nos propone esta nueva oleada de escritores que vienen a dar una salida a esa producción heteronormada que consumimos hace décadas. Ahora, las escritoras como la mencionada Sosa Villada, Susy Shock, Naty Menstrual y Marlene Wayar proponen una experiencia completa, más amplia: son actrices, performers, escritoras, y una minoría dentro de otra, todas son mujeres trans que superan los 35 años, la expectativa de vida travesti. Para escribir esto, agarré de la biblioteca todos los libros que tengo de estas autoras (algunos compré especialmente, otros formaban parte de ella desde antes), cuando di vuelta “Las malas” (TusQuets, 2019) vi que los comentarios de la contratapa están hechos por Susy Shock y Marlene Wayar, me pareció hermoso porque antes no lo había visto y ahora fue mi primer reparo, incluso antes de leer el contenido. Susy dice: “Cuando escribimos, Cami querida, las antepasadas se levantan de la puerca muerte, de la tristeza y soledad”. Lo dice en complicidad, dirigiéndose directamente a Camila, la que sí puede entender a esas antepasadas. Marlene, en cambio, nos habla directamente a nosotres, les que bien llama ajenes, les que no vivimos en carne propia su realidad y que a pesar de que el esfuerzo sea labrado y genuino, no la podemos entender: “La Villada grita verdad en una prosa verídicamente trava y desde ahí exige a toda persona ajena a nuestra comunidad una hermenéutica nueva”.

La literatura nacional actual introduce la problemática de las travestis y la expone, con humor pero muy plantada, ante los ojos de les lectores. Tal vez porque forman parte de una novedad cultural, novedad que ya no responde al morbo, a la expectación y a la pena sino a una salida del círculo del consumo igualitario. Es “Las malas” un manifiesto donde convergen la fiesta y la desolación trava. La Tía Encarna, cabecilla del matriarcado, refugia en una casa a las travestis que pueblan el parque en la oscuridad, esperando los autos lujosos que se detienen y la policía que intimida y arrincona, y que además materna a un niño que ellas mismas encontraron y se lo quedaron: El Brillo de los Ojos se llama la criatura, es hijo de Encarna pero lo cuidan entre todas. El parque es el Parque Sarmiento en Córdoba, la provincia natal de la autora, y el epicentro del relato, desde donde todo surge y también todo se destruye: el lugar de encuentro travesti, donde se cuidan unas a otras, donde se emborrachan y se divierten, donde tienen su trabajo y se consuelan cuando alguna sufre mal de amores. El parque es el alma de la comunidad y la comunidad una parte importante en la vida de una trava, sin él -como en algún momento pasa, que la policía lo clausura- ellas mueren: enfermas, asesinadas o de angustia. Se suicidan porque ya no pueden cuidarse.

La novela de Camila Sosa Villada fue el boom literario del año pasado. En Instagram me crucé la historia de un escritor que subió la foto del libro y escribió “¿Es el Cien años de soledad de esta época?”, habían pasado varios meses desde mi lectura y me pareció exagerado, pero al ser una persona que admiro, agarré mi ejemplar y lo repasé. No creo que sea yo quién pueda hacer ese juicio, pero efectivamente mi libro quedó subrayado con dos tintas distintas y sospecho que pasarán varias más. 

En “La Virgen Cabeza”, la lectura que hace Cabezón Cámara acusa su manejo del lenguaje a la hora de escribir: coloquial, preciso y manifiesto de una mezcla muy atinada entre el lunfardo y el uso de palabras en inglés que acompaña el ascenso social de Cleopatra, la travesti que alcanza la fama en la villa por comunicarse con la Virgen; del conurbano más marginado a Miami, de contar monedas a emitir dólares. La autora le hace decir a Cleopatra, “Vos te enojás por cualquier cosa, vida de mi alma, como si no supieras que antes de la Virgen yo era puta. ¿De qué mierda te crees que vivimos las travestis, mi amor? ¿Vos te creés que vas al aviso de secretaria que ponen en el diario y te dicen “bienvenida, señorita”? ¿Viste muchas trabajando en las empresas, vos?”. Hebe Uhart dice “hay un desprecio en el no mirar, el que escribe recurre a un pobre arquetípico, imaginado, que no es el pobre real. Prefiere su imaginación a la observación porque es más fácil hacer un juicio de valor. Pero para escribir me tengo que poner en el lugar del otro y en su contexto. Claro que hay un límite, a veces uno no puede ponerse del todo en el lugar del personaje porque hay un algo, un secreto, lo no dicho, que no se puede usurpar”. Cabezón Cámara no es una mujer trans y ese es su límite, pero tiene una mirada que se ajusta a una minoría como parte del colectivo LGBT+.

También aparece la figura de la niñez y del amor de la mano de Qüity, la periodista que llegó al barrio para escribir sobre el fenómeno de Cleopatra y nunca más se fue. Juntas se convierten en madres, primero del corazón, después de forma biológica. Acá se produce una nueva destrucción de la heteronormatividad, Cleopatra reclama, sin esperar respuesta, la falta de amor cariñoso de Qüity para con Mini Cleopatrita: la engendró pero no le es incondicional. Gabriela Cabezón Cámara hizo de esta novela un clásico de la literatura argentina y nos dejó diálogos que leen a la realidad con un humor que hace gala de la fiesta trava que describe Sosa Villada. 

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