La amistad después del amor

Autora
Lucía Vera Ocampo
Foto
María Cosmos

Una carta de amor a mis amigas.

Es domingo y estoy en un bar. Mi amiga —que fue mi chica, mi amor, mi enemiga, mi ex— me presenta, con una sonrisa orgullosa, a la chica con la que está saliendo. Hace poco más de un año estábamos en esta misma situación pero con los papeles invertidos, cuando yo era la presencia de su orgullo. No estoy tomando alcohol, la situación se me hace un poco difícil de tragar, me arrepiento de haberme pedido una coca pero saludo con una sonrisa igual. No estoy celosa, pero me mueve algo en el pecho y por un ratito el mundo es más difícil.

Ser amiga de tu ex es lo más fácil y difícil del mundo en simultáneo.

La pandemia y la cuarentena modificaron muchas cosas en mi vida. Entre las crisis y los miedos y la nueva normalidad me pasaron dos que marcaron mi 2020 mas que un virus mundial: corté con la persona que amaba y me amigué con la ex novia que me rompió el corazón. Luego las presenté y las tres nos hicimos amigas.

Ser amiga de tu ex es lo más fácil y difícil del mundo en simultáneo. Es volver a la complicidad y el entendimiento que se pierden al terminar en una relación, es retomar como si el tiempo no hubiese pasado, pero también es aceptar que vamos a ver a esa persona que queremos enamorarse de alguien más.

Conozco a la novia de mi amiga y me duele. En el momento no puedo admitir que me duele, no estoy segura de por qué. Estoy demasiado sobria y estoy viendo el amor que no fue conmigo florecer con alguien más. Me alegro por ella, me encanta verla feliz, pero igual se me aplasta el pecho y tengo que fingir varias sonrisas mientras charlamos. Es raro ver desde afuera algo de lo que alguna vez fuimos parte; me chocan las similitudes y las diferencias, me quiero convencer a mi misma que conmigo era mejor pero. Si hubiese sido mejor las cosas serían diferentes.

Hace tiempo que no quiero que las cosas sean diferentes. Eso lo sé. No es desamor lo que me hace doler, pero tampoco sé qué es. Ego, frustración, desilusión. Todas cosas que tengo transitadas múltiples veces y que creí haber resuelto en el año y medio que llevo de terapia. Siempre creo que ya superé las cosas y me sorprenden con esta incomodidad que no sé dónde ubicar.

Con mis dos ex tenemos un grupo de whatsapp, nos mandamos memes, alguna que otra vez hicimos un trío. Nuestra amistad roza lo sexual bastante seguido pero hoy en día es claro que lo prima es el afecto, la complicidad, las ganas de seguir construyendo juntas algo nuevo. No lo hablamos seguido pero sé que el cariño que me tienen hoy en día es incondicional.

En 2019 cuando cortamos le dije a mi ex que no quería verla nunca más. Ahora nos vemos tres veces por semana, a veces dormimos juntas, y cuando se va de viaje me encargo de cuidarle la gata. Siento que el haber estado juntas nos permite entendernos mejor que nadie, que amarte con alguien es como haberlo conocido de toda la vida, que alguna forma es quererte para siempre.

Cuando terminamos no hubiese imaginado jamás que íbamos a llegar a este lugar. Si hace un año me preguntabas si podría ser amiga de mi ex novia, probablemente me hubiese reído o me hubiese puesto a llorar. Ahora la idea de no ser parte de su vida me duele más que lo que me dolió dejar de amarla.

En el 2020 el corazón se me rompió por segunda en mi vida vez cuando me dijeron que era mejor que seamos solo amigas; lloré en una cervecería porteña pero no amagué a cortar esa amistad. Seguimos compartiendo el bolsón de verduras, mantuvimos los planes que teníamos juntas e incluso convivimos los primeros meses de pandemia. En su momento fue un calvario, dejar de amar y aprender querer mientras el mundo se prendía fuego y nos refugiábamos en la otra entre toda la incertidumbre.

Ya no creo que ser sólo amigas sea menos. Durante meses pensé que elegir una amistad era conformarme, que era resignarme a un segundo lugar. Todas mis crisis de cuarentena fueron acompañadas por mis dos amigas, mis dos ex, que fieles al amor que alguna vez me tuvieron estuvieron a mi lado cada vez que las necesité. Nunca sentí ese segundo lugar al que tanto miedo le tenía.

Es muy difícil ceder los lugares que nos armamos junto con otra persona. Aceptar que el tiempo ajeno ya no es con uno. Aprendí con los puños apretados y tragándome dolores que lo diferente no es peor, que podemos encontrar un lugar en la vida de aquellos que alguna vez amamos, que podemos disfrutarlo tanto como disfrutamos ese amor. Aprendí que enamorarse de los amigos también es hermoso.

A veces creo que es mi testarudez, que soy incapaz de dejar ir a las personas. No me decido si es algo bueno o malo.

A veces me pregunto si es el lesbianismo lo que permite estas configuraciones. Si hay algo diferente en cómo hilamos nuestros vínculos que vuelve tan difícil soltar del todo. A veces creo que es mi testarudez, que soy incapaz de dejar ir a las personas. No me decido si es algo bueno o malo. Lo que sé es que todas las lesbianas grandes que conozco consideran familia a sus amigas, consideran amigas a sus ex. Lo que sé es que gracias a mis amigas soy mejor y quiero mejor.

Es domingo y dejo a mi amiga y a su chica en la puerta de la casa en la que van a dormir juntas, vuelvo a mi casa y no lloro. Me duele, me deja en un lugar incómodo que todavía no sé habitar todo el tiempo, pero no hay nada que decir ni que hacer. No hay otro camino que podríamos haber tomado. Cuando cortamos le dije que no quería verla enamorarse de alguien más; ahora tengo asiento en la primera fila y me gusta ser parte de eso, ser testigo de su felicidad. Hoy ya no buscaría que las cosas sean diferentes; aunque a veces me duela, siento estamos donde teníamos que estar.

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