Entenderme disidente

Autora
Sasha Bruni
Fotos
Sasha Bruni

Escribo para mi desde hace más de diez años. Escribo y guardo, soy de esxs. No me centré nunca en un solo tipo de escritura, fui más de intentar encontrarme en diferentes construcciones escritas, era el único lugar al que me sentía pertenecer. Años después caí en la cuenta de que lo que hice siempre fue llevar una bitácora de mi vida y mis vivencias, atravesadas con cosas de mi familia y de mis amigues; situaciones que yo vivía y sentía por medio de elles.

Saberme en desacuerdo constante porque, es eso, ser disidente es estar en desacuerdo.

Hace unos meses vengo pisteando un alud de cosas muy inesperadas, al estilo dominó: volví a convivir con mi familia y con mis amistades, revisé y reacomodé todas mis prioridades, y tuve el deseo fueguino de mudarme. Irme del lugar en donde había vivido mis casi cuatro años en Capital. Todas estas cosas fueron una revolución, pero la última me hizo moverme muchísimo. Quería llevarme más cosas de la casa de mi mamá, más cosas mías. Busqué y fui enganchando más que nada útiles de cocina, de decoración… Todo hasta caer en el cuarto de mi hermano (mi antiguo cuarto) y husmear la biblioteca. Agarré algunos libros hasta que encontré una especie de diario de cuando tenía 17, y leyendo detenidamente, lo que más me impactó fue esto:

“Salís de tu casa y los que están en la esquina ya te clavaron la mirada. Los amigos de tu tío hablan entre ellos y te miran, asumís que es sobre vos. En una pared cerca de tu casa encontrás escrito tu nombre acompañado de una forma de adjetivar bastante fuerte, no haces mucho caso aunque por dentro te retumban un montón de pensamientos. Cada dos por tres tu mama llega de hacer los mandados y trae bolsas enormes, y por ahí también trae un comentario sobre vos, de con quién te ves, por donde andas, acompañado de preguntas que te resultan un poco costosas de contestar. La vergüenza casi es tomada como un imperativo moral. Las veces que salís a agarrar un poco de sol te encontrás con parejas que estaquean sus ojos y te recorren de arriba a abajo. Te gritan “machona”, “puto de mierda”. En tu adolescencia las amenazas vuelan como los pelotazos de cuando jugabas al matador en primaria, y te callas. Tu viejo te mira y no hace falta que vocifere eso que está preguntándose por dentro, casi que lo podes decir vos. A casa ya no volves sole, hay un miedo latente a esos varones que desde siempre te dijeron que -te la tienen jurada-.”

Un montón. Un montón para tener 17 años. Un montón para estar puesto ahí como si nada.

Estas partes de mi vida fueron las que me hicieron entenderme disidente. Saberme en desacuerdo constante porque, es eso, ser disidente es estar en desacuerdo. La presión social apuntaló desde siempre las garantías de la expresión heterosexual. En ámbitos públicos como en los privados, dentro de casa como fuera de ella, la norma siempre estuvo alineada con el lado más viril. El desarrollo de cualquier disidencia está confrontado con la heterosexualidad normada, a la que obviamente se opone, y la familia perpetúa (o incluso inicia) el temor al cruce entre ambas realidades.

La familia como institución es un punto de referencia fundamental y un espacio de aprendizaje en el que tomamos y construímos valores, y también funciona como espejo en donde les hijes esperamos encontrar algún tipo de pauta que nos ayude a juzgar el alrededor que nos va abrazando. Que una familia sea heterosexista, refuerza en sus hijes el sentimiento de diferencia. Algunes xadres heterosexuales se desarrollaron en un entorno social impregnado de formas homófobas que impulsan la estigmatización, y por esto, inicialmente la idea de disidencia en une hije puede generar en familias conservadoras y/o tradicionales sentimientos de pérdida, sensaciones de culpabilidad y negación, por nombrar algunas cosas. Para xadres e hijes, la homosexualidad o disidencia se convierte en una resignificación emocional, una metamorfosis que muestra que en la familia las personas adultas y les sujetes jóvenes estamos inmerses constantemente en procesos de desarrollo personal que nos exigen reajustar nuestros esquemas sobre el género y la sexualidad.

Repasé un montón de veces los comportamientos y costumbres de mi círculo más íntimo para intentar entender por qué ciertas cosas eran de la forma que eran.

A juzgar por las vivencias de cada une, entendiendo que no todos los entornos son enemigos de las condiciones, recaigo en la experiencia de mi -yo- disidente que sí creció en esos lugares para decir que la familia es un eslabón imprescindible en el desarrollo y formación de cada une. Repasé un montón de veces los comportamientos y costumbres de mi círculo más íntimo para intentar entender por qué ciertas cosas eran de la forma que eran; imposiciones, estructuras, validaciones… Y con el tiempo conocí personas y ambientes que me terminaron de mostrar que esas prácticas que había normalizado y aceptado no eran tan correctas como parecían. Entre luchas y movilizaciones a las que fui, donde reclamaban por derechos que me interpelaban, generé una resonancia interna que me ayudó a ver que mucho de eso que traía conmigo, venía cargado de años de cultura falocéntrica, imposiciones y sumisiones.

Siendo xadres o hijes, hoy nos encontramos dándole una nueva estructura a muchos de los comportamientos que tuvimos para que la comunicación, el entendimiento y la aceptación sean las principales herramientas que podamos tomar en esos lugares donde la libre expresión sexual fue y es silenciada. Estamos parades sobre las conquistas de las generaciones que nos antecedieron. Generaciones que insistieron hasta el cansancio para lograr desmontar las viejas estructuras, apuntando contra las tradiciones impuestas por una sociedad que rechaza habitar en una comunidad compartiendo espacios comunes con alguien que le es “diferente”. Este tipo de tradiciones golpea casi de lleno el concepto de diversidad, realidad en la que todes les que integramos el mundo tenemos derecho a elegir nuestre otre.

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