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¿Qué consumimos cuando podemos elegir?

Autora
Caterina Calcagno
Foto
cerodosuno

Cada determinada cantidad de semanas se anuncia un hot sale, la mayoría de las marcas usa la estrategia de inflar los precios unos días antes para que, llegada la semana, la diferencia sea abrupta y entusiasme al consumidore. Ok. Es parte del juego. Les que crecimos con internet más o menos lo tenemos claro, aunque a veces sea difícil no caer en la tentación, en la trampa -incluso- de las ofertas. Estos eventos, generados en la virtualidad, me llevan a reflexionar sobre mis hábitos de consumo, en cómo cambiaron a lo largo de los años y en cómo me atraviesan los movimientos sociales: el feminismo sobre todo pero también otros, como el movimiento que promueve el veganismo como única alternativa para frenar el cambio climático.

Hace ya unos años que observo detenidamente mis consumos en general y los culturales en particular (…)

En la última cyber week hice el ya clásico relevamiento de librerías online buscando, aunque sea, un minúsculo descuento. Entré a varias tiendas, primero a las que canalizan su venta por la gran página amarilla, me sirve para sumar puntos y descontar gasto de envío. Resultado: nada. Seguí scrolleando Instagram para ver si aparecía alguna librería online independiente que tuviera descuentos, nada. Antes de irme a dormir abrí la casilla de gmail para chequear los correos de spam, por si me llegó algo importante, un premio, la oferta laboral de mi vida, una carta de amor, algo. Nada. Apenas unas etiquetas verdes que gritaban PROMOCIONES, clickeé y me encontré con una publicidad de la cadena de librerías más grande del país que ofrecía un diez por ciento de descuento y envíos gratis. Entré, ciega, decidida a comprar, pero ¿qué? No tenía planeados los títulos.

Con esta cadena no me llevo espectacular, no trabaja con editoriales chicas y apenas con algunas medianas, que son las que más consumo dentro de lo posible. Voy directo a la lupita del buscador, vacilo, muevo los pulgares para ver si me sale escribir algo. Después de un rato escribo “María Gainza”. Enter. Voy con “El nervio óptico”. Tengo que poner por lo menos dos autores más, pienso. Vuelvo a hacer el ejercicio de mover los pulgares sobre la pantalla del celular, esta vez sale Natalia Rozenblum, “Baño de damas”, perfecto, hacía bastante estaba en mi lista de próximas lecturas. Meto dos ejemplares en el carrito de compras, uno para mí y otro para una amiga que está por cumplir años. Me sigue faltando uno, el ejercicio de los dedos ya no funciona y lo único que quiero es amortizar el envío, así que resignada pongo el nombre de un autor clásico. Cae Saer. Efectivamente, cargo en el carrito “Una forma más real que la del mundo”. Calculo el envío, bárbaro, ya es gratis y al total de la compra se le restan doscientos pesos, peor es nada. Aparentemente todo cierra pero algo me frena cuando tengo que apretar el botón para efectuar el pedido, hay algo en esa compra que está mal. No me siento cómoda contribuyendo a una cadena que, así como vende libros podría vender remeras y sería exactamente lo mismo. Esas cadenas sin libreres de oficio y con trabajadores precarizades. No efectúo la compra pero la dejo en stand by, el carrito cargado.

Hace ya unos años que observo detenidamente mis consumos en general y los culturales en particular. Entiendo que mi accionar repercute en el cambio de paradigma de conciencia sobre el consumismo que me gustaría llegar a ver, y haciendo un balance me doy cuenta la magnitud con la que el feminismo me marcó en ese, como en tantos otros aspectos. Hace no tanto tiempo no pensaba en qué pasaba detrás de una compra, estaba más cerca de la plata es mía y la gasto como quiero, algo tan válido como inmoral teniendo en cuenta el trasfondo de precarización y desigualdad de género de les trabajadores de las multinacionales. Tampoco me detenía a pensar en les autores de las obras que consumía, en por qué los varones siempre tuvieron lugar de exponentes por sobre las mujeres, por qué Borges y Bioy Casares por sobre el enorme talento de Silvina Ocampo, por qué no llamaba tanto la atención que el dream team de poetas fueran todos hombres: Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Allen Ginsberg y Joao Cabral de Melo Neto; por qué a Neruda lo reconoce todo el mundo pero a la poeta uruguaya Idea Vilariño, contemporánea e igual de fantástica (o más) que él, no. Fernando Noy, representante del under porteño de los 80, cuenta que cuando en el Rojas surgió la teatralización de la poesía (que luego se llamó performance) elles difundían su propia poesía pero también, por ejemplo, la de Alejandra Pizarnik que después de muerta había sido olvidada a pesar de ser una escritora consagrada sin lugar a duda y por eso elles llamaron esta operación “consagración de lo obvio”. Podría seguir ejemplificando con desigualdades entre literates pero prefiero ahora poner en foco al nuevo escenario de la poesía -por lo menos la nacional-, que sí está encabezado por mujeres: Silvina Giaganti, Gabriela Borrelli, Alex, Martina Cruz y Flavia Calise son algunas de sus representantes que se hacen ver, sobre todo en cuarentena, en sus redes sociales siendo parte u organizando eventos que incentivan lecturas y escritura.

Que mi consumo esté marcado a fuego por el movimiento de mujeres no es algo que inicialmente elegí, estaba pasando y lo registré, esa fue la magia; registrar que gran parte de mi vida como consumidora cultural había sido así. Me sentí muy identificada cuando, el año pasado, Malén Denis en una entrevista me dijo “yo siempre consumí obra hecha por mujeres, no tengo que ponerme a hacer una arqueología y encontrarla; siempre la consumí, siempre me interesó lo que tenían para decir y siento que así como yo, había muchísimas. La reivindicación no es personal, es grupal, es a ‘nosotras nos interesa esto’”.

La alternativa es apostar a lo independiente para descentralizar el mercado, si algo tengo claro es que la salida de la crisis es colectiva.

No quiero decir que ya no consumo obras escritas por varones cis hetero, me gustan mucho Pablo Ramos, Félix Bruzzone, Tomás Schuliaquer que es un joven escritor con una voz propia espectacular, Sergio Bizzio… en fin, historias de varones contadas por varones. Asimismo, me parece que no está bien usar el mecanismo de cancelación porque sí, y que tenemos que trabajar para desterrar el punitivismo. Hay material que podés elegir no consumirlo y ya. Cuando antes mencionaba que había dejado el carrito de compras de la librería en stand by, fue porque algo no cuadraba con ese consumo que intento cuidar y elegir a conciencia. Me estaba molestando el libro de Saer, pero no porque personalmente me haya sentido agraviada por su obra sino porque tengo ganas de leer a las mujeres, a las disidencias, a las travas que durante años no tuvieron una paridad con respecto a sus colegas varones. Eso sin mencionar los pseudónimos varoniles que les ponían a las autoras o el arrebato a sus obras por parte de los editores para firmar con algún nombre de varón… y a su vez, también me estaba molestando inyectar dinero en un sistema con el que no estoy de acuerdo y que, sobre todo, tiene una alternativa.

La alternativa es apostar a lo independiente para descentralizar el mercado, si algo tengo claro es que la salida de la crisis es colectiva. Hay librerías cooperativas, editoriales que se encargan de darle visibilidad a las minorías y además generan trabajo para ellas: no es solo el afuera, es un todo. Es cuestionar el mercado en base al auge de los movimientos sociales en este tiempo. A Malén, por ejemplo, en Argentina la edita Concreto, una editorial fundada en 2017 que se dedica a la poesía y narrativa de autoras contemporáneas con un equipo conformado íntegramente por mujeres, desde su editora general, Belén Afrika Aspeleiter, pasando por las correctoras, editoras y fotógrafas. ¿Qué quiere decir esto? Que la alternativa está y que cada vez es más fácil acceder a ella, que la industria también se tiene que reinventar para no quedar obsoleta y que somos nosotres como consumidores les que tenemos que abogar por no conformarnos, porque no es todo lo mismo y somos les encargades de no darle lugar a lo que no se transforme para ser mejor.

 

 

 

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