El gesto liberador: A propósito de Soft Fiction (1979) de Chick Strand

Autor
Santiago Mariñas
Fotogramas
Soft Fiction

“Cualquiera que haya visto mis buenas películas, sabrá la importancia que atribuyo al rostro humano. Es una tierra que jamás puede ser explorada suficientemente. No existe experiencia más noble en los estudios que registrar la expresión de un rostro sensible a la fuerza misteriosa de la inspiración, verlo llenarse desde lo interior y llenarse de poesía.”

Carl Theodore Dreyer

Debo admitir que nunca había escuchado nada de Chick Strand. La pandemia y el aislamiento, hicieron que me vuelva un usuario cada vez más frecuente de las redes sociales. Frente a la incapacidad de ver a mis amigos, la virtualidad me permitió conocer personas sumamente interesantes con las que compartimos varios gustos y anécdotas. Y así fue como me topé con Soft Fiction, quizás, la obra cúlmine de Chick Strand. Por recomendación. Uno de mis nuevos amigos virtuales me paso el link del film y me comentó acerca de su singularidad. Agradecí la recomendación pero decidí no verla en ese momento. Sentía que tenía muchas otras películas con las que ponerme al día.

Unos días después, vi en Twitter que esta misma persona había publicado un fotograma del film. A pesar de los múltiples fotogramas que aparecen siempre en mi inicio”, este me cautivó de una manera extraña. El rostro de una mujer ocupaba la totalidad de la imagen. Sus ojos, brillosos, miraban a cámara. Su pelo negro pintaba los bordes del encuadre ocultando todo indicio espacial. ¿Por qué registrar de tan cerca? Fue la primer pregunta que me vino a la mente. Esa distancia tenía una cualidad fuertemente íntima, casi como aquella que adopta un amigo al susurrar un secreto. La intriga me consumió y esa misma tarde vi el film. Para mi sorpresa, ese primer interrogante se desvaneció y logré comprender la capacidad liberadora que tiene el cine

La cámara estática guía nuestra mirada a través del universo de gestos que configuran una gramática que funciona como la contracara de la palabra.

Strand nos coloca frente a una serie de mujeres que hablan a cámara y relatan anécdotas y confesiones donde se entrecruzan, entre muchos otros, el deseo, la sexualidad y la identidad. Historias, en general, desgarradoras pero que condensan un universo de tópicos tabú en relación a las mujeres y que directoras como Deren en los 40, Lupino en los 50, Varda en los 60, Duras y Akerman en los 70 (entre muchas otras) han logrado romper, dotando al cine de una libertad de la que carecía y que se volvieron el foco de los estudios de cine feminista. Frente a esos rostros que borran los límites del encuadre, los espectadores pasamos a ser confidentes y somos testigos de un evento de liberación absoluta. Esos primeros planos tan duraderos e invasivos nos permiten apreciar cada pequeño gesto. Cada mueca, cada lágrima y cada sonrisa son expresiones del movimiento. La liberación se presenta ante nosotros en ese devenir gestual. La cámara estática guía nuestra mirada a través del universo de gestos que configuran una gramática que funciona como la contracara de la palabra. Es en el lenguaje corporal donde habita el movimiento y se expresa la experiencia liberadora. El llanto, los suspiros, las sonrisa relajada, el temblar de la mano al levantar el cigarrillo, la progresiva fijación de la mirada son consecuentes a esa experiencia. Parafraseando a Nöel Carroll acerca del cine de Strand: “los detalles (los gestos) no están separados de las emociones humanas; evocan la riqueza de las experiencias de la vida.”

Sentí una suerte de pudor al comienzo, pero la liberación de esas mujeres se trasladó a mi propia experiencia. Por alguna razón, la virtualidad permitía un descargo emocional, muchas veces reprimido en la cotidianeidad. La videollamada no solo me enfrentaba a una cámara, sino que me permitía verme en pleno desahogo. Recuerdos olvidados, declaraciones amorosas, experiencias sexuales, deseos anhelados. Sentí una suerte de libertad inusitada al mismo tiempo que descubría todo un lenguaje propio que no conocía. Llevarme la mano a la boca antes de llorar, mirar hacia la derecha antes de sonreír, rascarme el cuello cuando estoy nervioso. La cámara me permitió redescubrirme de otra manera. Soft Fiction pone de manifiesto la misma operación descubriendo la gestualidad por sobre la literalidad. 

Esa lectura de los rostros que propone el film se intercala con un gesto de otro orden. Una mujer, completamente desnuda, prepara su desayuno en la cocina. Al igual que la Julie de Chantal Akerman en Je tu il elle (1974), la mujer de Strand está sola. La soledad es la que permite un nuevo gesto de libertad. La falta de compañía nos despoja de nuestra vulnerabilidad y nos permite manifestarnos de la manera más lúdica y caprichosa. Ya sea cocinar desnudos, cantar en la ducha o dar un paso de danza en una calle vacía, la libertad está en esos pequeños actos. Aquellos gestos que nos apartan de la estructura represiva que enfrentamos diariamente. Esos breves destellos de felicidad y seguridad que nos fortalecen. Que nos vuelven más libres.

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