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Afuera pandemia. Adentro de mi cabeza, zombies

Autora
Marina Vota
Foto
María Clara

Desde el verano venía arrastrando un insomnio profundo que se acentúo en los primeros días de cuarentena: pasé a no poder dormir tres horas seguidas y eso hizo que, sumado a la situación particular que estábamos viviendo, la percepción sobre las cosas se me había vuelto un tanto desordenada. Así que esos días fueron bastante extraños.
No existía más el intercambio en la calle, el tiempo de leer un capítulo en el bondi antes o después del laburo, llegar a la facultad y cargar el termo con agua caliente. Esas cosas que distraen y que enriquecen el cotidiano. Me encerré en medio del silencio (que disfruté mientras duró porque vivo en un primer piso) a la expectativa de lo que sucedía alrededor del covid, alimentando aún más la ansiedad y los mil pensamientos que mi cerebro escupía por minuto. Creo que el día en que mis gatas se dieron cuenta que esto iba para largo, fue el mismo en el cual decidí que debía despegarme un poco de las pantallas.

No más trabajo después de las siete.
Durante una película no agarro el celular.
Sólo una videollamada por día.

Bajar la ansiedad era uno de mis objetivos, el cual me llevaría directo a otro: poder dormir. Confieso que hasta busqué videos de zumba para cansar mi cuerpo, pero no pasé el segundo día de ejercicios. Al mismo tiempo, se me hacía curiosa la necesidad de delimitar nuevos hábitos mientras trabajaba sin peinarme y con una gata encima. Mi cabeza era puro desorden aún cuando mis trayectos se redujeron de la cama al escritorio y del escritorio a la cama, porque las paradas en el sillón y en cualquier horario tampoco me garantizaban sentirme mejor. El poder dormir se había convertido en un trabajo más.

(…) me sentía un personaje de una película de ciencia ficción porque afuera había pandemia y adentro de mi cabeza, los zombies.

En las redes sociales andaba dando vueltas esta tendencia de gente “aprovechando” el encierro, haciendo cualquier tipo de actividades. De hecho, coexistía con otra tendencia que te animaba a pensar qué hábitos descubriste que te gustaría mantener cuando “volvamos a la vida”. Si bien siempre el preguntarse me parece un buen ejercicio, no podía ignorar que la pregunta se hacía desde la exigencia que rige la dinámica de producción en la que veníamos viviendo.

Una tarde, hablo con un amigo que me dice que sentía los días en cuarentena como fotocopias. Me quedé con esa impresión, porque la fotocopia tiene eso de irse desgastando. Según el papel, cuánta tinta y si es copia de la copia, cada vez se desdibuja más. Yo le contaba que me sentía un personaje de una película de ciencia ficción porque afuera había pandemia y adentro de mi cabeza, los zombies.

Otro día una amiga me cuenta que está leyendo un libro muy placentero. Que es perfecto para leer en este momento, que quizás me haga bien. Le hago caso y me bajo La novela luminosa de Mario Levrero. El texto está escrito en forma de diario, donde el protagonista gana la beca Guggenheim para terminar su novela y tiene la oportunidad de quedarse un año en su casa para poder terminarla. Es así como me encuentro con el encierro de este personaje, tratando de sentarse a escribir día tras día, sin poder conseguirlo. Esto lo lleva a diferentes tipos de obsesiones: su cuerpo, su alimentación, sus sueños, las palomas que viven en el techo del edificio de enfrente.

En cada párrafo, él intenta luchar contra esos hábitos que no le hacen bien o que ya no desea, que son parte de otro que fue y ya no es, o que no quiere ser más. Intenta sentirse más a gusto en una casa que siente que no le pertenece, aún cuando hace compras necesarias para sentirla amena, pero solo vive en el escritorio frente a su computadora. Mientras leía esta novela, me reía un poco del personaje porque me ayudaba a reírme de mí (de hecho, me pregunto si a Levrero lo habrá ayudado a reírse un poco él). En la novela, sucede que el protagonista siempre está esperando el momento de ocio, despejar su cabeza para ser productivo luego. Pero ese momento de ocio nunca llega, siempre está preguntándose y buscando nuevas respuestas, desde las más banales a otras más profundas. ¿En qué se convirtió el ocio?

(…) miré a mi alrededor y me pregunté no solo cómo habito mi espacio íntimo, sino también, cómo habito el mientras tanto.

En medio de estas incertidumbres, en algún momento, se estableció en mi rutina que los viernes por la noche era de videollamada y amigues. En este espacio, pasábamos horas debatiendo lo que leíamos y lo que pensábamos. Hasta que una noche nos replanteamos hasta qué punto nos servía pensar en el post pandemia, si no era que de esta manera nos estábamos generando más ansiedad. Sabiéndonos sin respuestas, surgió entonces la posibilidad de pensar en el hoy. Por primera vez (creo, porque no puedo asegurarlo) podemos pensarnos en un presente. Esa noche después de la videollamada, miré a mi alrededor y me pregunté no sólo cómo habito mi espacio íntimo, sino también, cómo habito el mientras tanto. Ante mí, se abrió esta posibilidad que no recuerdo en ningún otro momento de mi adultez.

Desde entonces, empecé a pensar en metas cortas para mantenerme activa y ordenada y, sobre todo, poder dormir. Dejé de hacerme preguntas sin respuestas, para pensar en aquellas que si podía responder: ¿cuáles son aquellos hábitos que resultan de un mundo colapsado? En el aislamiento nos repensamos, de manera consciente o inconsciente. Quizás sea oportuno modificar consumos desde el lugar donde cada une puede, y desde allí accionar.
Entonces pensé en la novela y en este personaje que finalmente, logra salir y deambular por la ciudad. Y es así como el exterior logra entrar también, en su espacio íntimo. Pero este interior ya es otro, porque quien habita, es diferente. Quizás logremos algo parecido.

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