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Adultecer, esa obstinación

Autora
Emilia Pioletti
Fotos
Mariela Bobba

Hace 3 años empecé a verme algunas canas. Pocas, poquísimas. Las veía, las sacaba y a otra cosa. La cabellera marrón continuaba intacta. 2020 trajo un virus, nuevas palabras, nuevas preocupaciones y más canas. Por costumbre, emprendí el operativo eliminación. Luego de la octava me di cuenta que era una batalla desigual: ellas eran más que yo y tenían a la naturaleza de su lado. Me rindo.

Para mí, el día que dejé de sacarme canas, fue el día que acepté que estaba entrando en la plena, plenísima adultez. ¿La juventud es un estado, es una actitud, es una edad, es una etapa que tiene un comienzo y un fin? Yo qué sé, es todo eso y es un montón más.

Cada tanto, alguien en Twitter lanza un epitafio que va mutando pero conserva la misma estructura: “nos deberían haber enseñado X en la escuela antes que *INSERTE MATERIA QUE CREE INÚTIL*”. Y esto me parece, quizás, el único contrafáctico que valga la pena discutir. ¿Y si antes que las células eucariotas y procariotas me hubiesen enseñado que hay cosas en la vida que simplemente no salen bien y que no hay mucho más que hacer? ¿Y si antes que a-ante-bajo-cabe-con-contra-de-desde-en-entre-hacia-para-por-según-sin-sobre-tras me hubiesen dicho que está bien que algunas amistades no subsistan y que ese filtro es muy importante? Quizás me hubiese ahorrado pequeñas angustias que creía letales.

Adultecer también es comprender que tenés la misma edad que tus viejes cuando te tuvieron a vos y la misma (in)experiencia de vida.

Eso, “que creía letales”. Creo que adultecer es también comprender que muy pocas circunstancias de la vida son finales, mortales, decisorias. Y que una aguanta más de lo que cree que podía aguantar, para bien y para mal. Mutar en adulte implica hacer pros y contras de las cosas y comprender que en todo hay que negociar: no podés ganar todo, todo el tiempo. Una amiga siempre dice que ser adulta es como elegir un departamento (para alquilar, obvio, les adultes de este siglo no podemos comprar): si querías cocina grande, podes aceptar cocina chica pero un cuarto más grande, si querías balcón, podes aceptar una ventana pero que no dé al corazón de manzana. Y así. Negociás. Nada es tan letal, tan mortal, tan decisorio.

Adultecer también es comprender que tenés la misma edad que tus viejes cuando te tuvieron a vos y la misma (in)experiencia de vida. Eso usualmente te rompe la cabeza porque entendés que hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Claro que hay mapadres de mierda también, pero eso es un tema aparte. Entienden mi punto: la mayoría del tiempo no sabemos exactamente qué estamos haciendo.

Cuando era chica jugábamos un juego que consistía en escribir la edad a la que te querías casar y tener hijos y desde ahí, por azar, te tocaba la ciudad donde ibas a vivir, la cantidad de hijes que ibas a tener, etcétera. Todo muy patriarcal y Ludovica Squirru a la vez. Yo ponía 25 años.

¿Cosas que me hubiese gustado saber antes de mis 30? Que voy a atravesar al menos 3 grandes crisis económicas en mi vida. Que acomode mis gastos, que lleve una cuenta. Que lo de tomar 2 litros de agua no es un decir, realmente hace bien. Que nadie te está juzgando todo el tiempo, no sos el pupo del mundo. Que vas a ver envejecer a tus papás. Que no hace falta estar 24/7 con amigues como en la adolescencia para saber que van a estar ahí cuando los necesites. Que la gente mala de las películas existe en la vida real y que a veces no es tan fácil distinguirlas. Que tener algo que cuidar es importante. Una mascota, una planta. Te saca bastante de la estupidez urbana de creer que todo lo que nos pasa a nosotres es lo más importante del mundo. Que la mayoría de los escenarios catastróficos que suceden en tu mente, no se van a dar nunca.

De más está decir que a mis 25 no pasó nada de lo que auguraba ese papel con el que jugábamos a los 10. Porque fui haciendo algo que es quizás, la síntesis de adultecer. Tomé decisiones. Bienvenides a la era de las decisiones. ¡Y suerte con eso!

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